el crimen de lord arthur saville
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Inmediatamente después de su marcha Lady Windermere volvió a la galería de retratos en la que un famoso economista explicaba con aire solemne la teoría científica de la música a un virtuoso húngaro espumeante de indignación y se puso a hablar con la duquesa de Paisley. Lady Windermere estaba maravillosamente bella con su esbelto cuello marfileño sus grandes ojos azules color miosotis y sus espesos bucles dorados. Cabellos de oro puro no como esos de tono pajizo que usurpan hoy día la bella denominación del oro sino cabellos de un oro como tejido con rayos de sol o bañados en un ámbar extraño, cabellos que encuadraban su rostro con un nimbo de santa y al mismo tiempo con la fascinación de una pecadora. Lady Windermere constituía realmente un curioso estudio psicológico. Desde muy joven descubrió en la vida la importante verdad de que nada se parece tanto a la ingenuidad como el atrevimiento, y por medio de una serie de aventuras despreocupadas inocentes por completo en su mayoría logró todos los privilegios de una personalidad. Había cambiado varias veces de marido. En el Debrett o Guía nobiliaria aparecía con tres matrimonios en su haber, pero nunca cambió de amante y el mundo había dejado de chismorrear a cuenta suya desde hacía tiempo. En la actualidad contaba cuarenta años no tenía hijos y poseía esa pasión desordenada por el placer que constituye el secreto de la eterna juventud.
De repente miró con curiosidad a su alrededor y preguntó con su clara voz de contralto:
-¿Dónde está mi quiromántico?
-¿Su qué... Gladys? -exclamó la duquesa con un estremecimiento involuntario.
-Mi quiromántico duquesa. No puedo vivir ya sin él.
¡Querida Gladys! ¡Usted siempre tan original! -murmuró la duquesa intentando recordar lo que era exactamente un quiromántico y confiando en que no sería lo mismo que un pedicuro.
-Viene a leer en mi mano dos veces por semana -prosiguió lady Windermere- y es muy interesante.
«¡Dios mío! -pensó la duquesa-. Debe de ser una especie de manicuro. ¡Es atroz! Supongo que por lo menos será extranjero. Así no resultará tan desagradable.”
-Tengo que presentárselo a usted -dijo lady Windermere.
-¡Presentármelo! -exclamó la duquesa-. ¿Quiere usted decir que está aquí?
Recogió su abanico de carey y su chal de encaje antiquísimo como preparándose a huir a la primera alarma.
-Claro que está aquí, no podría ocurrírseme dar una reunión sin él. Dice que tengo una mano esencialmente psíquica y que si mi dedo pulgar fuera un poquito más corto sería yo una pesimista de convicción y estaría recluida en un convento.
-¡Ah si! -profirió la duquesa ya tranquila-. Dice la buenaventura ¿no es eso?
-Y la mala también -respondió lady Windermere- y muchas cosas por el estilo. El año próximo por ejemplo correré un gran peligro en tierra y por mar. De modo que tendré que vivir en globo. Todo eso está escrito aquí sobre mi dedo meñique... o en la palma de mi mano no recuerdo bien.
-Pero realmente eso es tentar al cielo Gladys.
-Mi querida duquesa: la providencia puede resistir seguramente a la tentación en estos tiempos. Creo que todos debían hacerse leer las manos una vez al mes con objeto de enterarse de lo que les está prohibido. Claro es que harían lo mismo, pero ¡resulta tan agradable saber lo que va a ocurrir! Si no tiene nadie la amabilidad de ir a buscar ahora a míster Podgers iré yo misma.
-Permítame que me encargue de ello lady Windermere -dijo un muchacho alto y distinguido que estaba presente y seguía la conversación con sonrisa divertida.
-Muchas gracias lord Arthur, pero temo que no le reconozca usted.
-Si es tan extraordinario como usted dice lady Windermere no podrá escapárseme. Dígame únicamente cómo es y dentro de un momento se lo traeré.
-Bien, no tiene nada de quiromántico, quiero decir con esto que no tiene nada de misterioso nada esotérico ningún aspecto romántico. Es un hombrecillo grueso con una cabeza cómicamente calva y grandes gafas de oro, un personaje entre médico y notario pueblerino. Siento que sea así pero no tengo yo la culpa. ¡Es tan absurda la gente! Todos mis pianistas tienen aspecto de poetas y todos mis poetas aspecto de pianistas. Recuerdo ahora que la temporada última invité a comer a un tremendo conspirador hombre que había hecho volar con dinamita a infinidad de gente y que llevaba siempre una cota de mallas y un puñal escondido en la manga. Pues bien, sepan ustedes que a pesar de todo tenía el completo aspecto de un buen sacerdote viejecito y durante toda la noche se mostró muy chistoso, realmente resultó muy divertido encantador, pero yo me sentí cruelmente desilusionada y cuando le pregunté por su cota de mallas se contentó con reírse y me dijo que era demasiado fría para usarla en Inglaterra. ¡Ah ya está aquí mister Podgers! Bueno desearía míster Podgers que leyese usted en la mano de la duquesa de Paisley. Duquesa ¿quiere usted quitarse el guante? No el de la izquierda no, el de la derecha.
-Mi querida Gladys: realmente no creo que esto sea del todo correcto -dijo la duquesa desabrochando un guante de cabritilla bastante sucio.
-Lo que es interesante no es nunca correcto -dijo lady Windermere-. On a fait le monde ainsi. Pero tengo que presentarles: míster Podgers mi quiromántico favorito, la duquesa de Paisley. Como le diga a usted que tiene el «monte de la luna» más desarrollado que el mío no volveré a creerle nunca.
-Estoy segura Gladys de que no habrá nada de eso en mi mano -dijo la duquesa en tono grave.
-Vuestra gracia está en lo cierto -replicó míster Podgers echando un vistazo sobre la manecita regordeta de dedos cortos-: «el monte de la luna» no está desarrollado. Sin embargo la «línea de la vida» es excelente. Tenga la amabilidad de doblar la muñeca... Gracias. Tres rayas clarísimas en la rasette o línea del puño, en la juntura de la mano con el brazo. Vivirá usted hasta una edad avanzada duquesa y será extraordinariamente feliz. Ambición moderada línea de la inteligencia sin exageración línea del corazón...
-Sea usted indiscreto sobre este punto míster Podgers -interrumpió lady Windermere.
-Nada seria tan agradable para mí -replicó míster Podgers inclinándose- si la duquesa diese lugar a ello, pero siento anunciar que descubro una gran constancia en su afecto combinada con un sentido muy arraigado del deber.
-Tenga usted la bondad de seguir míster Podgers -dijo la duquesa con aire satisfecho.
-La economía no es la menor de las virtudes de vuestra gracia -prosiguió míster Podgers. Lady Windermere soltó la carcajada.
-La economía es cualidad excelente -observó la duquesa con agrado-. Cuando me casé Paisley poseía once castillos y ni una casa presentable donde pudiera vivirse.
-Y ahora es dueño de doce casas y no tiene ni un castillo -exclamó lady Windermere.
-Sí querida -dijo la duquesa-, a mí me gusta...
-La comodidad -terminó míster Podgers- y los adelantos modernos y el agua caliente en todas las habitaciones. Vuestra gracia tiene perfecta razón. La comodidad es lo único bueno que ha producido nuestra civilización.
-Ha descrito usted admirablemente el carácter de la duquesa míster Podgers. Tenga usted la bondad de decirnos ahora el de lady Flora -y respondiendo a una señal de la dueña de la casa sonriente una muchachita de cabellos rojos de escocesa y de hombros aupados se levantó torpemente del sofá y mostró una mano larga y huesuda con dedos aplastados como espátulas.